Naturaleza, ser humano, futuro, destrucción, culpa, urgencia,... son palabras comunes en el vocabulario de sobremesa, en la locución mediática, en los textos periodísticos y en el discurso de campaña, que por desgracia están ahora gastadas, como las canciones que uno escucha por la radio hasta el cansancio, al punto de ser más bien ruidos que uno tararea, sin un significado real ni una motivación de acción consciente. La insistencia vacía de lugares comunes, la saturación de frases gastadas, ha hecho que leamos cada vez más pero nos informemos cada vez menos acerca del supuesto divorcio de nuestra especie con su entorno, y nos hemos abandonado a la corriente de alertas que nos empuja a todos, constantemente, en la misma dirección, haciéndonos consumidores de verdades verdes y planetarias, que por comunes parecen hoy incuestionables.
¿Estamos al borde de la catástrofe?, ¿desaparecerá el mundo vivo tras de nosotros?, ¿existe en verdad un problema que deba ser resuelto entre el ser humano y la naturaleza?, ¿somos tan malos como dicen nuestros guías políticos y tecnocráticos?, ¿son las alternativas de solución, las que manejamos globalmente, las adecuadas para cambiar la situación en el ámbito local?, ¿cuál debe ser el camino a seguir en el contexto de nuestra realidad de país y de región?,... ¿son estas las preguntas correctas?. La discusión, fascinante por todas las relaciones de conocimiento que demanda, es lamentablemente pobre entre la gente, repetitiva entre los profesionales y prácticamente ausente entre los tomadores de decisión, que dan por respondidas sus dudas a partir de las sentencias venidas desde el exterior y los convenios internacionales, firmados sin aportes propios relevantes. No obstante la inercia de conformismo y asimilación, cuestionarse es inherente a la naturaleza humana (pese a que tantos y tantos renuncian a ello) y preguntarse sobre la pertinencia de lo que hacemos es no solo interesante, sino posible, importante y digno de preocupación, pues es así como podemos proyectar las alternativas de nuestro bienestar, definir nuestra cultura y aportar a un mejor destino colectivo.
Las de arriba y decenas de preguntas más nos asaltan cada vez que tratamos de poner en marcha la maquinaria del desarrollo, cuando pretendemos definir ese desarrollo y cuando tratamos de compaginarlo con nuestra intermitente preocupación ética y utilitaria relativa a lo NO humano (especies amenazadas, "recursos", etc.). Algunas parecen resueltas y se dira que no valen ser retomadas, otras están pendientes y tal vez no requieren ni pueden ser contestadas, pero lo cierto es que están ahí, molestando, confundiendo, presentándose como retos a ser asumidos, por el simple placer de hacerlo o, para los más pragmáticos, por el beneficio que se deriva de aprender a partir de la remoción de las verdades estancadas.
Preguntar, responder, probar, aprobar y descartar, es el camino más lógico para forzar la evoución de los conceptos, y eso es lo que pretendo hacer aquí. No es que piense que todo esté mal, que todo pensamiento existente esté errado y que toda propuesta previa deba ser descartada o rebatida, sino que inquieta el que por comodidad demos por hecho lo que dicen todos, que enunciemos los problemas de la forma en que lo hacen todos, y que las soluciones que practiquemos sean las que aplican todos, aunque provengan de realidades ambientales y sociales radicalmente diferentes a las nuestras. Esa falta de criticidad, imperante en un medio dependiente, que se caracteriza por ser poco creativo, es la que preocupa, pues nos lleva a aceptar sin más las reglas de la relación del ser humano con la naturaleza, aún las "ambientalmente correctas", solo por el hecho de que han sido propuestas por personajes insignes (doctores e iluminados) de conglomerados respetables (universidades, bancos, institutos y organizaciones no gubernamentales), en entornos memorables (congresos y cumbres) y medios creíbles (diarios y revistas técnicas).
Es así como se estructura la función de muchas de las entidades del Estado, siguiendo modelos externos, y es así como se movilizan las intenciones civiles, haciéndose eco de lo que "debemos pensar y hacer", bajo el restrictivo contexto de lo "ampliamente aceptado". En este sentido, la inercia del pensamiento es comparable a la de un tren a toda marcha cuyo conductor no evalúa su ruta, sino que sigue la que le han trazado otros y acelera cada vez más aunque unos pocos, tímidos pasajeros, le advierten que adelante puede haber un despeñadero. ¿Quién cuestiona si proteger áreas es lo más adecuado para mantener la capacidad de generación de servicios como el agua y las dinámicas ecológicas y evolutivas en los próximos doscientos años, o si es la mejor manera de gestionar nuestra relación con el resto de la naturaleza?. ¿Quién se atreve a dudar de la validez de declarar zonas "relevantes" como patrimonio, con la intención de perpetuar su existencia?. Me atrevo a decir que apenas unos cuántos, casi nadie, pues estas son "verdades", no importa cómo fueron originadas, y cualquiera que se atreva acusarlas está condenado a ser sometido a la inquisición ambientalista y ridiculizado hasta acallar su voz.
En la sociedad de la aceptación, como la nuestra, es preciso crear espacios de análisis de lo que hicimos y de pensamiento de lo que podemos hacer, para promover nuestras intenciones y acciones más allá del escenario estático, mecanicista y determinista en el que nos hemos sumido, por decisión propia, y comenzar a interesarnos en crear ideas que respondan a la obviada realidad en la que en verdad nos desenvolvemos, llena de movimiento, de cambio, donde el caos, la complejidad y la extinción, son la norma de lo social y lo natural.
El objetivo de este espacio es, entonces, preguntarnos sobre lo que ya se ha respondido, responder nuevamente, aprender, divagar y, en último caso, gozar del placer de disentir y coincidir acerca de cómo vemos a nuestra sociedad, de nuestras relaciones internas y de nuestros vínculos con la matriz vital, la naturaleza, cuya existencia nos lleva muchos eones de ventaja. Esta es la invitación de inicio, pero no la única, pues de seguro surgirán otras más como resultado de las propiedades emergentes y la agregación de criterios, así como de la propia inquietud del autor. Veamos qué sale.
31.5.09
Inercia, verdades verdes y el placer de cuestionar
Etiquetas:
conservación,
naturaleza,
paradigmas,
revisión
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