1.6.09

La otra dimensión del Patrimonio Natural

La gestión del Patrimonio Natural, como responsabilidad del Estado, requiere, de partida, llegar a un acuerdo entre los diferentes actores respecto a lo que se entiende por este término, pues los alcances de su definición marcan también el tipo y los alcances de las actividades que se deben realizan en su nombre.

Definiciones

Patrimonio viene del latín patrimonĭum, palabra usada en tiempos del derecho romano para referirse a la herencia material que los padres legaban a sus hijos. En la lengua española, patrimonio es entendido como el conjunto de bienes pertenecientes a una persona natural o jurídica, o afectos a un fin, susceptibles de estimación económica. La Real Academia de la Lengua también brinda, en su sección ampliada, otras acepciones, entre las que se halla una relativamente útil para el Estado: “conjunto de bienes de una nación, acumulado a lo largo de los siglos, que, por su significado artístico, arqueológico, etc., son objeto de protección especial por la legislación”.

Existe una batería amplia de definiciones y por esto el término patrimonio no es fácil de usar como referente para el cumplimiento de la obligación estatal de cuidar la permanencia de la cultura y la naturaleza. Si patrimonio es un término difícil, lo es aún más la palabra “natural”, pues la amplitud de su significado es tal que puede convertirse en inmanejable en el contexto de la intervención oficial. La definición de naturaleza incluye, por principio, desde los átomos hasta lo galáctico, y abarca o no, según el autor, los productos humanos, como las zonas agrícolas y ganaderas . Más allá del constante debate, en este documento nos adherimos a la corriente que propone que lo fabricado por el ser humano debe ser excluido de la consideración de algo como natural, por lo que “solo” nos centraremos en los productos generados a partir de las dinámicas de formación geológica, ecológica y evolutiva (desde esta visión lo natural puede persistir aún sin los seres humanos, pues aunque hayan recibido su influencia, sus procesos no dependen de la presencia de las personas), con un alcance a los agroecosistemas, que no obstante debe ser debatido.

Para ahondar en los aspectos que definen lo natural, viene bien revisar lo propuesto por Odum en relación con los tipos de ambientes básicos: naturales, domesticados y artificiales. Los primeros son aquellos que se sostienen a partir de la energía solar (o de otra fuente, como en los organismos abisales junto a fuentes geotérmicas), mientras los artificiales son los que dependen de la energía de origen humano (las ciudades, que se sostienen por la energía eléctrica), y los domesticados los que dependen tanto de la energía solar como de la creada por nuestra sociedad (los cultivos, que requieren de mano de obra, riego, maquinaria, insumos, etc.). Entonces, el patrimonio natural trataría básicamente de los sistemas ubicados en los ambientes naturales, y se extendería parcialmente a los domesticados y artificiales, según estos deban ser incorporados al tratamiento patrimonial (p.e. remanentes en medio de cultiuvos, o especies nativas amenazadas persistentes en parques y jardines).

Al referirnos al patrimonio natural (los dos términos juntos), la definición que hace la UNESCO dentro del texto de la Convención Mundial sobre la Protección del Patrimonio Cultural y Natural, de la cual son signatarios la mayoría de países, menciona que son “todos los monumentos constituidos por formaciones físicas y biológicas o por grupos de esas formaciones, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista estético o científico”. Además, se consideran patrimonio las formaciones geológicas y fisiográficas y las zonas estrictamente delimitadas que constituyan el hábitat de especies, animales y vegetales, amenazadas, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista estético o científico, así como también los lugares naturales o las zonas naturales estrictamente delimitadas, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista de la ciencia, de la conservación o de la belleza natural.

Problemas conceptuales y propuestas

Es claro que la óptica de la herencia de pertenencias transferidas a nuestra descendencia, condicionada a lo “económicamente valorable”, impone obstáculos prácticos para la gestión patrimonial, que se vuelven aún más preocupantes a la luz de los preceptos de la nueva Constitución, que reconoce a la naturaleza la calidad de sujeto de derechos, ya no solo de objeto de extracción y explotación. Igual limitación surge del uso de la definición de la Unesco, que condiciona la calificación de patrimonio a aquellas formaciones que tengan un “valor universal”, que sean “excepcionales” y que sean “estrictamente delimitadas”, lo cual deja de lado la mayor parte de las áreas naturales del país. La definición de este organismo es aplicable a la conservación de íconos fácilmente reconocibles y de interés mundial, pero sus condiciones no son necesariamente la guía más adecuada para la determinación de lo que debemos considerar como patrimonio a nivel del país.

Desde la perspectiva del Estado, el cuidado de la herencia natural debería ser entendido, principalmente, como aquello que nos vino del pasado, que lo usamos para el Buen Vivir, pero que no nos pertenece, sino que tenemos la responsabilidad colectiva de dejarlo para el futuro, sin comprometer irreversiblemente su integridad (los impactos son inevitables). La gestión del patrimonio se torna es un proceso complejo que ya no se limita a la preservación de lo excepcional, sino que busca brindar oportunidades a las sociedades del futuro mientras se garantiza la continuidad de los procesos y las dinámicas naturales (incluida la extinción, cuando no es causada por la presión antrópica).

En la práctica, el patrimonio natural al interior de los países ha sido impulsado, principalmente, desde la perspectiva de la creación y manejo de áreas protegidas (algunas con categoría internacional, que son las que los países cuidan como “verdadero patrimonio”). Estas áreas se suponen “muestras representativas” de ecosistemas (¿quien define la representatividad cuando los requisitos de viabilidad de los organismos que las habitan aún no están claros?), que no siempre garantizan la continuidad de sus procesos internos en el largo plazo. La mezcla de conceptos de patrimonio, que se debate entre la subjetividad de las relevancias internacionales y la necesidad de establecer prioridades nacionales bajo los preceptos “mundialmente aceptados”, ha hecho que se desconozca la subjetividad que existe cuando se delimita áreas de sistemas que son por esencia cambiantes, dinámicos e impredecibles (como sucede con las áreas protegidas). Basta hacerse una pregunta, para ilustrar la relativa utilidad de “escoger” patrimonios en el ámbito natural: ¿son las áreas que un país protege suficientes patra mantener los procesos ecológicos fundamentales en un lapso de cien años?. Esto es importante discutir, pues enfrenta la posición del patrimonio como lo relevante (¿según quién?) y su verdadero valor como legado para la gente y las demás especies.

La visión parcial de lo que debe ser el patrimonio, ha hecho que por fuera queden muchas zonas “importantes”, que no han logrado obtener el estatus de protección o que han sido calificadas como “comunes” y no dignas de recibir un estatus especial de manejo. En la visión de patrimonio es común que no se incluyan áreas que constituyen piezas vitales para la conectividad (propiedad básica para precautelar la integridad de los complejos vivos), y menos otras que se encuentran en estado de transformación (bosques secundarios), que pese a no ser “prístinas” o atractivas, guardan buena parte de las propiedades de los sistemas originales.

El problema de la perspectiva patrimonial excluyente, derivada de la necesidad de cuidado de los bienes culturales que surgió en la postguerra y, para el caso de lo natural, de protección de espacios sin presencia humana, propio de la segunda mitad del siglo XX, es que las estrategias que se aplican desconocen la necesidad de una gestión integral de los paisajes. El enfoque de interés e inversión en lo que consideramos “excepcional”, puede ser engañoso, cuando para los mismos biólogos no está claro cuánto de cada ecosistema se necesita mantener para asegurar la persistencia y resiliencia de un complejo dado.

El patrimonio, como herencia, debe ser entendido como un TODO, no parcelado. Es de esperarse que con la nueva visión de la naturaleza que pretende manejar el Estado, este y la sociedad en general no busquen dejar a las generaciones que vienen solo lo que consideramos “importante”, sino lo que “debe” existir para garantizar, por ejemplo, la provisión de servicios ecológicos, como el agua, de modo que nos queden patrimonios funcionales (nuevamente, la pregunta que uno se puede hacer es: ¿con las áreas que calificamos de patrimonio, garantizamos la generación de agua en el futuro cercano?). Adicionalmente, están los elementos del patrimonio que sí manipulamos y que guardamos como reservas, como en el caso de las acepciones de recursos genéticos, y las colecciones botánicas y zoológicas.

A partir de lo dicho, se puede hacer una propuesta para la discusión: el legado, la herencia, el patrimonio, no es solo lo que recibimos de nuestros antepasados, sino lo que percibimos y recibimos de la naturaleza, aún cuando esta no nos lo entrega de forma consciente; es con lo que nos relacionamos en razón de nuestro origen biológico (en último caso podría decirse, lo que recibimos de la “madre naturaleza”). La herencia de lo natural puede entenderse como el conjunto de los elementos (especies y material genético, libre o en bancos técnicos), complejos (ecosistemas/formaciones), procesos y funciones, no fabricados por el ser humano, que se hallan dentro del territorio nacional, y que han permitido la conformación y evolución de nuestra sociedad, así como la existencia de otras especies y la continuidad de las dinámicas ecológicas y evolutivas propias de la naturaleza. Con esto, la visión puramente antropocéntrica da paso a una herencia de la ética biofílica (amor por la vida), donde “nuestros intereses” y lo que “queremos dejar” a nuestros descendientes, debe coexistir con la obligación de lo que “debemos dejar” en atención al respeto del derecho de la naturaleza a existir.

En la práctica, el concepto de patrimonio nos obliga a pasar del cuidado de ciertos elementos y áreas, identificadas bajo criterios predeterminados como relevantes, a la consideración de todo lo vivo, siempre que no haya sido creado por el ser humano. Así, los remanentes de bosque, por más pequeños que sean en tamaño y por más insignificantes que se los considere en términos del interés internacional, podrían ser considerados patrimonio, si son importantes para las comunidades. Lo que en el ámbito internacional o de país no es importante, puede ser vital a una escala menor, de municipio o parroquia (p.e. bosquetes en zonas deforestadas y bajo el efecto de la desertificación, o incluso árboles aislados en áreas urbanas, como las palmas que se hallan en los parterres de Quito, últimas de su especie).

Es claro que se debe diferenciar el patrimonio de la UNESCO del patrimonio natural del país (no son excluyentes, uno es parte del otro), y no estaría demás aclarar que el Patrimonio de Área Protegidas debe ser incluido como PARTE del Patrimonio Natural (como en realidad se lo hace). Fuera de esto, es importante anotar la necesidad de que el Patrimonio Forestal sea incorporado al discurso del patrimonio natural, como parte de este, más allá de que haya sido creado con la intención de evidenciar la pertenencia al Estado (en contraposición con la propiedad privada), y que en su origen no tuvo una connotación de herencia, sino de un bien identificable y cuantificable.

Es claro que de una visión amplia de patrimonio, como la que se propone, surgen problemas serios, que no serán resueltos aquí, en este texto, relacionados con los límites de consideración y declaratoria, pero que deben ser tratados y convenida su solución, para no caer en exageraciones proteccionistas (respecto del uso) o inaplicabilidades prácticas (como no poder matar a un mosquito aunque este esté picándonos).


El Patrimonio Natural, entonces, es más que la suma de áreas consideradas útiles como hábitat para algunas especies, bellas para la contemplación o interesantes para la ciencia; es el conjunto de componentes, estucturas y agrupaciones, en distinto grado de conservación, que deben ser mantenidos y aprovechados integralmente, de forma tal que sean entregados al futuro como garantía del buen vivir y como espacio de reproducción genética y funcional de todos los seres vivos.

31.5.09

Inercia, verdades verdes y el placer de cuestionar

Naturaleza, ser humano, futuro, destrucción, culpa, urgencia,... son palabras comunes en el vocabulario de sobremesa, en la locución mediática, en los textos periodísticos y en el discurso de campaña, que por desgracia están ahora gastadas, como las canciones que uno escucha por la radio hasta el cansancio, al punto de ser más bien ruidos que uno tararea, sin un significado real ni una motivación de acción consciente. La insistencia vacía de lugares comunes, la saturación de frases gastadas, ha hecho que leamos cada vez más pero nos informemos cada vez menos acerca del supuesto divorcio de nuestra especie con su entorno, y nos hemos abandonado a la corriente de alertas que nos empuja a todos, constantemente, en la misma dirección, haciéndonos consumidores de verdades verdes y planetarias, que por comunes parecen hoy incuestionables.

¿Estamos al borde de la catástrofe?, ¿desaparecerá el mundo vivo tras de nosotros?, ¿existe en verdad un problema que deba ser resuelto entre el ser humano y la naturaleza?, ¿somos tan malos como dicen nuestros guías políticos y tecnocráticos?, ¿son las alternativas de solución, las que manejamos globalmente, las adecuadas para cambiar la situación en el ámbito local?, ¿cuál debe ser el camino a seguir en el contexto de nuestra realidad de país y de región?,... ¿son estas las preguntas correctas?. La discusión, fascinante por todas las relaciones de conocimiento que demanda, es lamentablemente pobre entre la gente, repetitiva entre los profesionales y prácticamente ausente entre los tomadores de decisión, que dan por respondidas sus dudas a partir de las sentencias venidas desde el exterior y los convenios internacionales, firmados sin aportes propios relevantes. No obstante la inercia de conformismo y asimilación, cuestionarse es inherente a la naturaleza humana (pese a que tantos y tantos renuncian a ello) y preguntarse sobre la pertinencia de lo que hacemos es no solo interesante, sino posible, importante y digno de preocupación, pues es así como podemos proyectar las alternativas de nuestro bienestar, definir nuestra cultura y aportar a un mejor destino colectivo.

Las de arriba y decenas de preguntas más nos asaltan cada vez que tratamos de poner en marcha la maquinaria del desarrollo, cuando pretendemos definir ese desarrollo y cuando tratamos de compaginarlo con nuestra intermitente preocupación ética y utilitaria relativa a lo NO humano (especies amenazadas, "recursos", etc.). Algunas parecen resueltas y se dira que no valen ser retomadas, otras están pendientes y tal vez no requieren ni pueden ser contestadas, pero lo cierto es que están ahí, molestando, confundiendo, presentándose como retos a ser asumidos, por el simple placer de hacerlo o, para los más pragmáticos, por el beneficio que se deriva de aprender a partir de la remoción de las verdades estancadas.

Preguntar, responder, probar, aprobar y descartar, es el camino más lógico para forzar la evoución de los conceptos, y eso es lo que pretendo hacer aquí. No es que piense que todo esté mal, que todo pensamiento existente esté errado y que toda propuesta previa deba ser descartada o rebatida, sino que inquieta el que por comodidad demos por hecho lo que dicen todos, que enunciemos los problemas de la forma en que lo hacen todos, y que las soluciones que practiquemos sean las que aplican todos, aunque provengan de realidades ambientales y sociales radicalmente diferentes a las nuestras. Esa falta de criticidad, imperante en un medio dependiente, que se caracteriza por ser poco creativo, es la que preocupa, pues nos lleva a aceptar sin más las reglas de la relación del ser humano con la naturaleza, aún las "ambientalmente correctas", solo por el hecho de que han sido propuestas por personajes insignes (doctores e iluminados) de conglomerados respetables (universidades, bancos, institutos y organizaciones no gubernamentales), en entornos memorables (congresos y cumbres) y medios creíbles (diarios y revistas técnicas).

Es así como se estructura la función de muchas de las entidades del Estado, siguiendo modelos externos, y es así como se movilizan las intenciones civiles, haciéndose eco de lo que "debemos pensar y hacer", bajo el restrictivo contexto de lo "ampliamente aceptado". En este sentido, la inercia del pensamiento es comparable a la de un tren a toda marcha cuyo conductor no evalúa su ruta, sino que sigue la que le han trazado otros y acelera cada vez más aunque unos pocos, tímidos pasajeros, le advierten que adelante puede haber un despeñadero. ¿Quién cuestiona si proteger áreas es lo más adecuado para mantener la capacidad de generación de servicios como el agua y las dinámicas ecológicas y evolutivas en los próximos doscientos años, o si es la mejor manera de gestionar nuestra relación con el resto de la naturaleza?. ¿Quién se atreve a dudar de la validez de declarar zonas "relevantes" como patrimonio, con la intención de perpetuar su existencia?. Me atrevo a decir que apenas unos cuántos, casi nadie, pues estas son "verdades", no importa cómo fueron originadas, y cualquiera que se atreva acusarlas está condenado a ser sometido a la inquisición ambientalista y ridiculizado hasta acallar su voz.

En la sociedad de la aceptación, como la nuestra, es preciso crear espacios de análisis de lo que hicimos y de pensamiento de lo que podemos hacer, para promover nuestras intenciones y acciones más allá del escenario estático, mecanicista y determinista en el que nos hemos sumido, por decisión propia, y comenzar a interesarnos en crear ideas que respondan a la obviada realidad en la que en verdad nos desenvolvemos, llena de movimiento, de cambio, donde el caos, la complejidad y la extinción, son la norma de lo social y lo natural.

El objetivo de este espacio es, entonces, preguntarnos sobre lo que ya se ha respondido, responder nuevamente, aprender, divagar y, en último caso, gozar del placer de disentir y coincidir acerca de cómo vemos a nuestra sociedad, de nuestras relaciones internas y de nuestros vínculos con la matriz vital, la naturaleza, cuya existencia nos lleva muchos eones de ventaja. Esta es la invitación de inicio, pero no la única, pues de seguro surgirán otras más como resultado de las propiedades emergentes y la agregación de criterios, así como de la propia inquietud del autor. Veamos qué sale.